Repatriando la pintura: sobre “4 Cabezas”, curada por Natalia Babarovic y Christian Yovane

Me haré famoso, o tristemente célebre.
OTTO DIX.

Entre lo diurno y lo nocturno

“La pintura” como idea ligada a una sola manera de hacer, determinada por el oficio de lo pictórico, no existe. ¿La pintura es una profesión o un ejercicio? Concordemos que en la exposición «4 Cabezas», la pintura es un oficio que se ejerce. Natalia Babarovic y Christian Yovane son artistas visuales que ofician y guían el ejercicio de la pintura.

En este caso, se trata de tutorías a la pintura de Carolina Camblor, Joaquín Reyes, Jorge Caperán y Javiera Pérez, artistas quienes expusieron sus obras en el Centro Cultural Montecarmelo de la Municipalidad de Providencia; a pocas cuadras del barrio Bellavista. Dicho enclave urbano tiene una carga histórica y cultural que se debate entre los oficios diurnos y nocturnos, como diversas instituciones de educación superior pública y privada –algunas de ellas ligadas a los oficios artísticos tradicionales y no tanto–, variados boliches de buena y mala muerte, además de un puñado de talleres de artistas no despreciables; entre ellos: la antigua morada del mismísimo Camilo Mori, pintor chileno que le otorga el nombre a la plaza donde está ubicado el teatro homónimo.

A pesar de que no se trata de obras tipo “sitio específico”, ya que sus pertinencias no obedecen al desarrollo de una propuesta especialmente hecha para su emplazamiento, las piezas pictóricas de «4 Cabezas» le caen como anillo al dedo al barrio; mucha más consistencia territorial hay en las exposición curada por Babarovic y Yovane, que en la cantidad obscena de cultura de retail que ha proliferado durante las últimas décadas por el sector en cuestión.

Carolina Camblor. Fotografía de Christian Yovane.

Hasta se dieron el lujo de chantar una sucursal de McDonald’s a pocos pasos de donde en plena dictadura se sucedieron diversas vanguardias artísticas ligadas al pensamiento visual y literario; entre ellas: el TAV (Taller de Artes Visuales), Taller 99 y la irreverencia del movimiento punk y new wave. Entre las filas de los parroquianos más ilustres de este último, destacan las figuras de Kittin Bulnes y Hugo Cárdenas, dupla de coléricos artistas que compartieron aulas con Babarovic en la sede Las Encinas de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile. La mala educación diurna, era revertida con la experiencia nocturna en inolvidables boliches del sector, donde los garzones fueron patrimonio invaluable del espíritu vanguardista.

Es indiscutible que «4 Cabezas» vuelve a los orígenes no solo de la pintura, sino que también de la ambivalencia diurna y nocturna del propio enclave urbano donde se encuentra emplazada la exposición: allí, a la hora indecisa donde no se sabe si se madrugó o se pasó de largo, las criaturas, las caricaturas y los negocios de la Chimba sacan sus más relucientes anécdotas, y se revelan en contra de la imagen salubre y policial que se ha construido sobre un barrio “amigable” y multicultural, en códigos de mercado.

Pinturas de Joaquín Reyes y Jorge Caperan. Fotografía de @plataformavisual.

Recuperar el pasado para pensar el presente

No es la primera vez que se exponen trabajos asesorados por Babarovic. En marzo de 2019, la artista fue curadora de la exposición Occidentosis (Galería TIM, Barrio Yungay): cuarteto integrado por Julián Farías, Krasna Vukasovic, Cristián Osorio y Andrea Murden. Uno de los aspectos que perviven de esa muestra, en la mirada docente de Babarovic y Yovane, es la repatriación de la pintura en tanto medio y soporte vigente para la actualidad. Por lo tanto, «4 Cabezas» (Camblor, Reyes, Caperán y Pérez) debe ser mirada como un ejercicio de puesta en vigencia y repatriación de la pintura. Para ello es necesario pasar por el exilio y la repatriación hacia sus distintas maneras de pensar lo pictórico.

A colación, una anécdota del siglo XIX narrada por el tristemente célebre Baudelaire, poeta y crítico adepto a las maldades y beneficios de lo diurno, lo nocturno y también, de las Bellas Artes:

“Todos los imbéciles de la burguesía que pronuncian las palabras: inmoralidad, moralidad en el arte y demás tonterías me recuerdan a Louise Villedieu, una puta de a cinco francos, que una vez me acompañó al Louvre donde ella nunca había estado y empezó a sonrojarse y a taparse la cara. Tirándome a cada momento de la manga, me preguntaba ante las estatuas y cuadros inmortales cómo podían exhibirse públicamente semejantes indecencias”.

Javiera Pérez. Fotografía de Christian Yovane.

Eso en un contexto donde las trabajadoras sexuales oficiaban de modelos de representación pictórica, como la mujer de Desayuno sobre la hierba (1863); célebre pintura de Manet que a su manera modernista, también repatrió la pintura. Bajo la tutoría de Babarovic y Yovane, Camblor, Reyes, Caperán y Pérez también producen ejercicios visuales de repatriación de la pintura, aunque cada uno a su manera contemporánea. Lo que es indudable de «4 Cabezas», es que todas las pinturas logran el ejercicio de su puesta en vigencia.

Para entender dicha repatriación del atávico lenguaje visual, es menester considerar los ejercicios no solo visuales de Babarovic: en su literatura artística, la docente particular ha escrito lúcidos comentarios sobre la manera actual de poner en circulación a la pintura, a través de su anacronismo en plena modernidad. Es decir: recuperar el pasado, para pensar el presente pictóricamente. Allí, donde lo artístico y lo cultural también tienen correlatos anacrónicos de formas insospechadas; como en los barrios históricos de Santiago.

¿Por qué no volver a los anacronismos en lugar de inventar la vanguardia?

Carolina Camblor presenta una caótica pero ordenada serie de 60 viñetas pictóricas, que aluden tanto a su autobiografía como al ejercicio modernista de la pintura misma: riguroso pero al lote (se juega, pero se juega en serio). Para ello, la artista dispone sus pinturas en una retícula de 4×15 cuadros, en las que se visualizan ejercicios formales que remiten tanto a la gráfica popular, a la literatura moderna –francesa y anglosajona–, como a la técnica de empaste, extraordinariamente asimilada de la pintura misma; técnica heredada tanto de su formación como pintora colorista en la Universidad de Chile, como de su proceso guiado por la dupla Babarovic & Yovane.

Pinturas de Joaquín Reyes, Carolina Camblor y Javiera Pérez. Fotografía de @plataformavisual.

La artista ha tenido experiencias tragicómicas a lo largo de su vida; su memoria es una comedia de equivocaciones, de la cual la artista logra siempre zafar con la sonrisa y generosidad que la caracterizan tanto a ella, como a su propia obra. La pintura de Camblor, también tiene una mirada sarcástica y muy aguda en el uso de los signos; a modo de ejemplo: la artista repatría del cómic el reemplazo de objetos y acciones por palabras, que frecuentemente en la historieta son usadas como diálogos, u onomatopeyas; los más relamidos, diríamos que se trata de una metonimia.

La pintura de Joaquín Reyes, de formación audiovisualista y pintor, evoca dos conjuntos heterogéneos de repertorio plástico: la pintura barroca andina, junto a los cromatismos derivados de la industria textil deportiva. De la primera tradición pictórica, en sus piezas se puede rescatar la noción de “lo castizo”; es decir: castas sociales asociadas al componente étnico-racial de los personajes, equivalentes al paisaje representado desde una perspectiva romántica.

Hoy en día, pese al multiculturalismo, las clases sociales no han dejado de estar determinadas por aquel componente racial, cuyo origen data de tiempos inmemoriales ¿Cuántas personas blancas viven hoy en el Portal Fernández Concha? Si bien, no es intención del artista tocar temas políticos, estos aparecen por ausencia en su pintura castiza de rasgos fluorescentes y deportivos.

Quizás, la pintura de Reyes y la de Camblor, son las que han logrado repatriarse de tal manera, en que ambos son capaces de seguir a Babarovic & Yovane, para luego volver a su origen como artistas autónomos. Jorge Caperán es de formación abogado y se integró al equipo de artistas, donde logró complementar su interés por la pintura, más allá de lo autodidacta. Muchos docentes de arte han comentado que es frecuente dicha vocación solapada: incluso, hay ocasiones en que alumnos provenientes de carreras “tradicionales” logran ensayos de un nivel profesional.

Erróneamente se ha divulgado la falsa etimología de la palabra alumno; no tiene nada que ver con sujetos sin ningún brillo. Alumno, es quién se viene a alimentar del conocimiento, como es el caso de Caperán, quien expone un lúdico díptico chilenizando la figura de Mickey Mouse. En dicha repatriación del color y el roedor, son notorias las segundas manos de Babarovic & Yovane. Es una chilenidad cromáticamente tétrica, similar a la paleta de las zonas de sacrificio.

 

Joaquín Reyes. Fotografía de Christian Yovane.

 

Desplazar los criterios de mercado

Javiera Pérez es artista de formación académica; incluso coincidió en aulas siendo contemporánea de Babarovic en los 80, cuando la Universidad de Chile estaba intervenida por los militares. Luego de haber sido madre y profesora, Pérez decide integrarse al equipo de artistas para repatriar su vocación. A pesar de que su trabajo no deriva en la pintura en términos tradicionales y académicos, si lo hace a través de desplazamientos que devienen en otro soporte y medio: los del papel y la tintura. O el papelucho y el clorado, dependiendo de la susceptibilidad con que se mire su obra.

En este caso, si bien al entrar a la sala, pareciera que se trata de una obra relamida por la dinámica de las galerías mercantiles, su mirada es capaz de desviar dicha forma de dedicarse al arte, en la medida de que se trata más bien de una jugada al límite; un trampantojo contemporáneo donde el residuo metalúrgico y oxidado que se evoca, concluye en otro objeto: una serie de rectángulos de papel pegados con huincha aisladora negra. A la salida de la inauguración, me cuentan que se trata de boletas desteñidas por la luz y líquidos secos, lo que implica una estrategia sarcástica para escapar de los intereses del mercado, bajo sus propios códigos de contabilidad económica.

Finalmente, es necesario, una vez más y a tres años de Occidentosis reconocer a Babarovic y Yovane por su compromiso e insistencia con la repatriación, tanto de la pintura como de la docencia. La dupla ha sabido entregar el conocimiento visual que los caracteriza, bajo estándares éticos y a un precio justo. Últimamente he pensado, que así como Babarovic y Yovane lo han demostrado, alguien debería inventar tutorías para artistas visuales, y no solo de calidad, sino que también gratuitas.

Las tutorías repatriadas de Natalia Babarovic y Christian Yovane son asequibles a muchos interesados en el rubro. Así como en la comuna de Recoleta, aledaña al Centro Cultural Montecarmelo, donde la exposición «4 Cabezas» pudo visitarse hasta fin de mes, es necesario repatriar el patrimonio artístico de nuestros territorios fronterizos, sin pasar por la precarización de los oficios artísticos que proliferan en otros espacios de formación y circulación cultural.

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