Autor de libro sobre juicio a brujos de Chiloé: “Quería una historia que se impusiera por sí misma sin tener que intervenir demasiado”

Sorprendido por el éxito de su libro está Eduardo Pérez Arroyo, autor del libro «La hermandad de la casa grande» (Editorial La Pollera), que se prepara para una segunda edición.

El libro relata, utilizando el formato de novela negra e histórica, el juicio del Estado chileno a los brujos de Chiloé en 1879.

Los hechos ocurren el año en que al norte de Chile se defienden las inversiones extranjeras en la Guerra del Pacífico y al sur se difunden rumores de violencia, superstición y de un Estado incapaz de imponer su ley.

Historia entretenida

— ¿Qué te impulsó a escribir este libro? ¿Cómo comenzó todo? 

– Me impulsó el más banal de los objetivos: encontrar una historia entretenida, algo cinematográfica, que pudiera escribirse con gusto y leerse de la misma manera. Como estudié Historia, no me fue difícil. En síntesis: quería una historia que se impusiera por sí misma sin tener que intervenir demasiado. Una historia lo más alejada posible de la autoficción o de la literatura del “yo”, que es el género más absurdo del universo. Una historia lo más apegada a la noción vital de que, por mucho que echemos a andar nuestras ínfulas creativas, la realidad es una loca de remate y siempre será infinitamente más interesante que cualquier ficción.

—Para imaginar y crear las escenas de La hermandad de la Casa Grande, ¿te basaste en algunas películas o en libros? Si es así, ¿cuáles?

– Muchos. Libros: La guerra del fin del mundo, de Vargas Llosa; La sombra sobre Innsmouth, de Lovecraft; Las enseñanzas de don Juan, de Castaneda; el Pierre Riviere, de Foucault… y mucha literatura mal llamada “clase b” de esa que solo busca entretener a los lectores, objetivo que es, por demás, el más noble de todos los objetivos de la literatura.

Películas: los spaguetti western de Sergio Leone —o sus reversiones modernas de Tarantino— que por el solo hecho de existir justifican el tener que asistir a una sala de cine llena de desconocidos; o las macrohistorias de afán totalizante como El Padrino, Apocalypse Now u Once upon a time in América… que si bien se reflejan poco y nada en este libro, demuestran que es posible otorgar a los espectadores —en este caso lectores— un torbellino de imágenes, sensaciones, ilusiones e incluso hastíos, para que después esos espectadores o lectores acaben completamente satisfechos, o completamente indignados, pero en ningún caso indiferentes ante lo que acaban de ver o leer.

Los personajes

—¿Cómo fue el proceso de construcción de los perfiles de los personajes? ¿En qué te inspiraste? 

– Primero, en la historia de Chile porque muchos de los personajes existieron.

Dicho eso, sus características son completamente ficticias y para crearlas me fijé directamente en películas y cómics. La hermandad de la Casa Grande es un libro desmesuradamente extenso, y para facilitar la tarea al lector quise agregarle las imágenes más cinematográficas de las que fuera capaz. De ahí las luchas, las piruetas, las boleadoras, las escenas del imbunche, los cadáveres en los corrales de pesca… Se necesitaban personajes que sorprendieran, o entretuvieran, o interesaran, pero que jamás aburrieran. Por fortuna, la historia real del juicio a los brujos de Chiloé está llena de ellos.

Aunque estoy lejos de ser un experto, soy un gran fan del cine negro —y todos sus derivados— y de los cómics japoneses bizarros llenos de escenas que resultan notables, aunque a menudo no tengan mayor explicación. De esos elementos se extrajeron las características de los personajes de la novela. Finalmente, no importa cuán realista sea una historia, sino que esté bien contada.

—¿De qué manera aportó tu permanencia en México a la creación del imaginario del libro, como costumbres, religión, fanatismo, entre otros?

– Fue fundamental. He vivido en Michoacán durante 14 años y observé de cerca la crisis que generó el narco, y, sobre todo, el infructuoso esfuerzo de distintos gobiernos por resolver el problema. Por razones ajenas a la novela, puesto que soy periodista, me puse a estudiar sobre el tema y llegué a la conclusión de que es imposible eliminar o siquiera derrotar al narcotráfico en Michoacán y en cualquier parte por una gran razón: los narcos, cuyo negocio es la muerte, no solo son los criminales profesionales. Son también nuestros vecinos y conocidos, nuestros primos y parientes, nuestros profesores de básica, nuestros señores que atienden el negocio de la esquina. Estructuras sociales enteras están fundadas en ese negocio. Y los gobiernos pueden derrotar, encarcelar o liquidar a unos cuantos asesinos a sueldo, pero nunca podrán hacer desaparecer las redes familiares, las historias de vida conjuntas, el pasado común, los afectos.

Todo ese principio descrito aplica a los brujos de Chiloé —y si estiramos un poco el asunto, también aplica a las derrotas de Estados Unidos en Vietnam y Afganistán…—, y de esa forma imaginé y traté la existencia de esa cofradía.

Ocho años de escritura

—Durante los ocho años que tardaste escribiendo el libro, ¿qué elementos fueron cambiando durante la redacción? Y, ¿cuáles quedaron?

– Desde el punto de vista narrativo y literario cambiaron poco y quedaron casi todos, y eso mismo explica que tardara tanto tiempo. Lo que sí cambiaron fueron algunas cuestiones históricas, ya que al investigar respecto de ciertos hechos o personajes inevitablemente había errores. Por muy ficción que sea, se trataba de una novela histórica y había que respetar unas cuántas cosas para poder faltarle el respeto a otras.

Una cosa sí cambió completamente: el final. Tenía que escribir sobre el juicio, pero me daba una pereza terrible imitar en lenguaje judicial, porque odiar el lenguaje judicial es una condición universal. Acercándose la fecha fijada para iniciar esa parte —soy de planificar horarios, fechas, circunstancias de trabajo—, me decía: qué horror tener que escribir eso. Entonces entendí que el asunto estaba mal planteado: si me iba a aburrir escribiéndolo, era lógico que después los lectores se iban a aburrir leyéndolo. Por eso hice trampa: aunque La hermandad es una novela sobre el juicio del estado a los brujos de Chiloé, nunca se narra el juicio. Solo la historia previa que desemboca en él, y al final algunas situaciones que ocurren cuando el juicio ya transcurrió. Debo admitir que la pereza vino al rescate, porque creo que quedó mucho mejor así. Diría que esa fue la modificación principal respecto de lo que originalmente se había pensado.

—Nombra tres bandas o solistas que no podrían faltar en el soundtrack de La hermandad de la Casa Grande.

– Qué entretenida pregunta. Imaginaremos que el libro es en realidad una película y requiere una banda sonora.

Cualquiera de The ink spots (I Don’t Want to Set the World on Fire parece una adecuada referencia, o mejor aún, My echo, my shadow and me) para cualquiera de las partes en que Anin de Rouchel desempaca, desempolva, limpia y vuelve a empacar amorosamente su equipo de ambrotipia.

Apegándonos rigurosamente el cliché, el tema principal de The god, the Bad and the ugly para las escenas de batallas entre los chinos vs el imbunche o el brujo Zapata. En su defecto, alguna de Kill Bill. The Green Hornet Theme podría ser una buena jugada.

Se trata de una novela chilena y también hay que poner música chilena. Alguna canción del disco El insolente de Ángel Parra para algunas escenas del brujo Zapata. Algún jazz guachaca de Lalo Parra para algunas partes en las que el rey humilla a ese brujo. Alguna de las canciones más depresivas de la gran Violeta (Maldigo del alto cielo podría funcionar) para algunas escenas en las que la maltratada esposa del rey se da cuenta de que con esos malditos no hay caso.

You May Also Like

Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *